La compramos en
Marks&Spencer, envuelta en papel de celofán para esconder la endeble maceta
de plástico. Estaba frondosa y llena de flores: perfecta para calmar
momentáneamente mi ligera obsesión de tener plantas exuberantes a la entrada de
casa. Esta nueva fijación, adquirida en Norwich, cuadra bastante bien con el
medio ambiente que ahora me rodea; pero, como quizá yo aún desentono un poco,
se encuentra frustrada la mayor parte del tiempo. No es mi culpa: es que las
plantas que compramos se empeñan en morir. El tiempo, siempre sorprendente, y
el hecho de que repitamos como un mantra “Tenemos que acordarnos de regar estas
macetas” cada vez que entramos o salimos de casa sin llegar nunca a hacer nada
al respecto podrían ser factores que quizá contribuyan. Qué le vamos a hacer:
todo el mundo sabe que los biólogos moleculares de plantas son terribles con
cualquier planta que esté fuera del laboratorio. Será que tenemos que
compensar, por aquello de la justicia universal y tal.
Después de que el viento la tumbase
y se entretuviese en estrellarla repetidamente contra la pared durante semanas, se nos ocurrió
que quizá iba a ser mejor rendirnos y transplantarla. La estrategia fue la
siguiente: 1) Hacer un agujero en la tierra; 2) Arrancar la planta de su
maceta, con esperanza de que mantuviese alguna raíz unida al resto; 3) Introducir
la planta en el agujero, tratando de que quedase en posición vertical; 4) Devolver la tierra removida a su sitio ubicación,
intentando no enterrar (del todo) la planta. El procedimiento se realizó
manteniendo en todo momento una expresión facial de “¡Uy”! (ojos muy abiertos y
dientes expuestos en una tensa sonrisa de disculpa). Y ese día, para celebrarlo, la
regamos. Que no se diga que no lo dimos todo.
Pero, por desgracia, su destino
estaba escrito. Cuando milagrosamente agarró y empezamos a pensar que, por una
vez, la historia podría tener un final feliz, algún patógeno feroz por
determinar hizo de ella su víctima, agujereando sus hojas sin piedad y
dejándola trágicamente marrón y abatida. Seamos sinceros: no es que estuviese
mustia, es que llegó al punto en el que más que una planta era un palo
putrefacto. Incluso yo lo acepté, y sustituí el “Tenemos que acordarnos de
regar esa planta” por un resignado “Tienes que acordarte de arrancar ese
cadáver purulento”. Pero, como además de no ser grandes jardineros tampoco
tenemos mucho tiempo libre, el susodicho palo se quedó allí hasta que asumimos
se había convertido en mantillo.
Cuál sería nuestra sorpresa
cuando, hace un par de semanas, nos dimos cuenta de que, tras cuatro meses
clínicamente muerta, estaba de nuevo ahí, bajo la ventana del salón, verde,
reluciente, con todos sus órganos vegetales en su sitio, y más fuerte que
nunca. Así, sin más, como una prueba fotosintética de que las estadísticas no
son vinculantes; como un recordatorio de que hasta un matojo moribundo merece
un poco de fe. Desafiando al destino.
Existe una única condición
imprescindible para ser un buen científico: te tiene que entusiasmar la
ciencia. Está claro que no está de más que te haya tocado una buena dosis de
inteligencia en el reparto; y, ya puestos, si tienes el físico de una estrella
de cine, seguro que eso tampoco puede hacer mal. Pero ya puedes ser el buenorro
más brillante de tu barrio, que si la ciencia no te llena, en esto no vas a
llegar a ninguna parte.
A todos nos lo avisan cuando
llamamos por primera vez a la puerta del departamento de turno, preguntando si
tienen hueco para nosotros: la investigación es muy dura, y te tiene que gustar
sobre todas las cosas, porque va a implicar numerosos sacrificios. No vas a
cobrar bien (ni mal, en ocasiones); vas a trabajar muchísimo; va a ser, a
menudo, frustrante. Y tu familia y tus amigos no lo van a entender. Así que más
vale que la ciencia te llene, porque a ella le vas a dedicar la mayor parte de
tu tiempo, contra viento y marea (y la lógica de muchos).
Todos decimos que sí, que estamos
hechos de ese material, que asumimos el reto. Obviamente, no siempre es el
caso: hay múltiples bajas por el camino. Es selección natural en estado puro:
los más normales se retiran a tiempo; sólo los más locos se quedan. Y, oh boy, nos quedamos totalmente
entregados.
En las etapas más tempranas, el
pre-escolar de la carrera investigadora, el laboratorio es pura efervescencia:
todo es nuevo, apasionante, y súúúperguay. Los alumnos internos y los
estudiantes de doctorado de primer año miran alrededor con una mezcla 1:1 de
terror y emoción. La excitación flota en el aire: incluso la técnica más simple
es una fuente inagotable de “ooohhh”s y “aaaaahhh”s y desmesurado regocijo. Es,
sencillamente, genial.
Luego llega el doctorado en su
versión más hardcore. De repente, los
experimentos no funcionan, tu jefe no te ayuda/comprende/ve, y la ciencia se
convierte en una arpía ingrata. Todo pasamos por eso. Algunos se queman en el
proceso, y deciden que tanto sudar sangre no merece la pena. Otros, aprietan
los dientes y siguen p’alante.
Y oye, con un poco de
perseverancia, todo se encauza de nuevo: los proyectos avanzan, se encuentran
respuestas, se deja de insultar a la ciencia por lo bajo. Se recupera el
entusiasmo con fuerzas redobladas: antes sabías que te atraía, pero ahora es un
enamoramiento en toda regla. La ciencia es felicidad.
Pero la carrera investigadora es,
sin duda, una carrera de fondo. Cuando te vas haciendo mayor, aprendes que la
ciencia no se encuentra en estado puro, sino que viene con contaminantes que,
probablemente, no te resulten tan atractivos: politiqueos, zancadillas,
intereses y enchufismos. Y no es fácil aislarse de ellos. Cuando descubres
esto, se te cae la inmaculada imagen que tenías del sistema científico y los
palos del sombrajo. Crisis.
Yo alcancé ese punto hace unos
meses. Crisis. Pero entonces la ciencia, dispuesta a defender su mancillada
virtud, me envió a una estudiante (para mantener su privacidad, me referiré a
ella por el pseudónimo ‘Tammy’ – no te preocupes, Tamara, que con este truco no
te va a reconocer nadie, te lo digo yo). Tammy ha sido alumna interna durante
unos cuantos años antes de unirse a nuestro grupo, y tiene experiencia en el
laboratorio; es inteligente, despierta, autónoma y dedicada. Pero, además de
todo eso, a Tammy le entusiasma la ciencia. Lo ves en el brillo de su mirada
cuando aprende algo nuevo, en la sonrisa tímida cada vez que tiene un
resultado. Lo ves porque siempre quiere más; porque no hay que empujarla, sino
que es ella la que, sin darse cuenta, tira de ti. Y así, día tras día, inevitablemente, me hace ver la ciencia a través de sus ojos, y de repente las rémoras que la afeaban ya
no pesan tanto.
Así que lo he estado pensado y, finalmente, he tomado
una decisión: a partir de este momento, sin importar en qué punto de la carrera
investigadora me encuentre, a la hora de mirar la ciencia voy a ser forever pre-doc.
Según mi
experiencia, uno de los más comunes (y positivos) efectos secundarios de una
tesis es catapultar a sus víctimas a la práctica de ejercicio físico. En los
últimos tiempos, he visto incluso a aquellos más notablemente alérgicos a
cualquier forma de deporte, los que se vanagloriaban de su casi religioso
sedentarismo, sucumbir ante la imperiosa necesidad de dar salida a la
frustración y el estrés. Puede que tardes uno, dos, tres años, pero al final
llega el día en que se te hace evidente que, si quieres vivir para ser doctor,
igual vas a tener que buscarte una manera de liberar tensión. Y el gimnasio
puede ser una forma eficiente y, no menos importante, inocua para todos
(incluyendo tu director de tesis, tus compañeros, y cualquier ser vivo que se
cruce en tu camino).
En mi caso, todo
empezó en el tercer año, cuando me hice plenamente consciente de que corretear
por el laboratorio durante un mínimo de diez horas al día, si bien era un
ejercicio agotador, podía no ser suficiente para garantizar la parte que le
toca a la mente en aquello de Mens sana
in corpore sano. Sopesé mis opciones con cuidado: si corro más de diez
metros, vomito; en la piscina tengo un estilo muy similar al de un cachorro al
que acabasen de lanzar al agua por primera vez; y las bicicletas me tienen
inquina y persisten en tratar de asesinarme. Por suerte para mí, mi amiga Vero,
también doctoranda por aquella época, había llegado a la disyuntiva
deporte-o-suicidio poco antes y, valiente como ella es, había empezado a ir a
las clases de aeróbic del polideportivo de la universidad. A mí me daba
miedito, pero ella me tomó de la mano y me arrastró, así que no pude decir que
no.
El efecto fue
milagroso: continuamos nuestros proyectos sin daños psicológicos irreversibles
(o, para ser más precisos, sin ninguno diagnosticado hasta el momento), ningún
compañero fue maltratado durante la realización de nuestras tesis, y nuestro
humor mejoró notablemente, entre otras cosas. Como es comprensible, sentimos
que predicar las bonanzas del ejercicio era nuestro deber moral, así que
emprendimos nuestra tarea de conversión de doctorandas: nacía así la Operación
Culo-Piedra.
[Nota: Si queríamos
arrastrar a un puñado de científicas sedentarias, como habíamos sido nosotras,
a clases de aeróbic, lo mínimo que necesitábamos era un nombre comercial. Nadie
podrá decir que “Operación Culo-Piedra” no es sonoro y difícil de olvidar. Y la
asociación de ideas es obvia: únete a nosotros, y para el verano podrás partir
una nuez con las nalgas. Es la promesa Culo-Piedra; eso, y un capítulo de tesis
por cada 100.000 sentadillas. Hala.]
Unos meses más
tarde, para cuando nuestros sorprendidos músculos dejaron de resentirse,
habíamos añadido clases de fitness a nuestra agenda, reclutado a una proporción
más que decente de la población femenina de nuestra planta (con Tábata y Natasa
como las representantes más asiduas) y, para nuestra sorpresa y gracias a la infalible
estrategia “a que no tienes güevos de…”, a tres maromos (Ian, Alberto y
Manolo), que se vieron obligados a reconocer formalmente (y faltos de aliento)
que aquélla no era “una clase para nenas” (para satisfacción nuestra y de
Cristian, el profe, que obviamente tenía aspiraciones más altas para sus
lecciones). La Operación iba viento en popa; tanto, que ya nadie preguntaba si
pensabas ir a aeróbic o a fitness al salir del laboratorio, sino,
sencillamente, “¿Vas hoy a Culo-Piedra?”.
La Operación
Culo-Piedra tal y como la conocemos se mantuvo en la cresta de la ola durante
dos, quizá tres años. Después, las fundadoras emigraron (Vero a Lausanne, yo a
Norwich), y la cohesión empezó a flaquear: los antiguos integrantes de la
Operación reemplazaron aeróbic y fitness por actividades variopintas como parir,
like todo en Facebook, o domar
alumnos internos. Por mi parte, a casi 2.000 kilómetros de distancia, me hice
socia del Sportspark de la
universidad en Norwich, busqué clases que me convinieran, y reinicié mi labor
de predicadora, esta vez en tierras extranjeras. Funcionó: estoy entrenando a
mi pequeño ejército, que viene felizmente a clases de body combat todas las semanas. Quizá algún día decidamos dar un
golpe y hacernos con el mando del laboratorio; si lo hago, prometo escribir un
post al respecto.
Aunque mi amigo
Carlos tradujo el nombre de la Operación al inglés hace algunos años (Operation Butts-of-stone; ¡suena a
taquillazo!), a ésta, la que se desarrolla en Norwich, no la he bautizado así.
La razón es simple: no es lo mismo. Para empezar, nadie da las clases como
Cristian (sigh!), por más que me
gusten mis teachers de aquí. Y, para
continuar, sin las integrantes originales de la Operación, incluso yo pierdo el
interés por partir nueces. Es que, sencillamente, no es igual.
Hace tres meses, sin
embargo, la Operación Culo-Piedra resurgió de sus cenizas, cuando ya nadie lo
esperaba, para dar una boqueada más. Tábata, en su momento una de las adeptas
más fieles, se vino a Norwich para hacer una estancia de tres meses en un
laboratorio; y, por aquello de que donde hubo fuego ya se sabe (y también
porque puedo ser terriblemente insistente y a ella la falta de sol la tenía
debilitada), terminamos instaurando la Operación Culo-Piedra, Norwich Edition.
Que constó de tres clases (zumba, body
balance y body combat) en tres
meses, todo hay que decirlo; pero es que ella andaba muy liada. No por ello
estoy menos orgullosa, que conste: su principal conclusión de la experiencia
fue, con voz entrecortada por la emoción (¿o quizá por la falta de oxígeno?),
“Tía… tengo… que… volver… a… culo-piedra”.
Cuando uno llega a Inglaterra sin billete de vuelta, con veinte kilos de equipaje y un paraguas a estrenar, hace sus cálculos, cándido y lleno de esperanza, y se dice que, en un par de años, se habrá empapado tanto del idioma local que será prácticamente bilingüe. Y sonríe satisfecho, pensando en ese uno del futuro que conversa animadamente con los nativos de la isla mientras se desprende del sombrero hongo para tomar el té.
Obviamente, en esta ingenua predicción hay varios errores de cálculo. Para empezar, da por hecho que las circunstancias van a ser las ideales para que el aprendizaje del idioma vaya viento en popa, disponiendo de: ausencia de otro hispano-parlante en cincuenta kilómetros a la redonda; horas y horas para leer en inglés/escuchar la radio en inglés/ver la tele en inglés; tiempo y fuerzas para buscar las palabras desconocidas en el diccionario, apuntarlas en la lista de vocabulario nuevo, y repasarlas antes de irte a dormir; neuronas con conexión ininterrumpida; una institutriz británica que te siga como tu sombra y te atice con la regla cada vez que cometes un error gramatical. Estas idílicas condiciones, lamento tener que decirlo, rara vez se dan en el mundo real (al menos, en el que yo habito).
En defensa de nuestro hipotético inocente español recién llegado debo decir que ciertas situaciones son difíciles de predecir: ¿quién iba a imaginar que, en el día a día, me iba a resultar mucho más complicado dar con un británico de pura cepa aquí que en mi Costa del Sol natal? ¿Qué mente retorcida podría haber presagiado que en el instituto en el que trabajo, junto a otros cientos de personas, iba a ser estadísticamente más probable encontrar un alemán o un francés que un hablante nativo de la lengua inglesa?
Pero eso no es lo peor, ni de lejos. Si bien uno mantiene una distancia de seguridad con el bilingüismo (una distancia tan segura como para anular la más ínfima probabilidad de riesgo), poco a poco se va haciendo con el idioma, y/o va perdiendo la vergüenza que se había traído de casa, y la comunicación, sencillamente, ocurre. Lo que uno nunca espera es que el precio de esta irrisoria mejoría a ritmo geológico sea el meteórico deterioro de la propia lengua (y me refiero al idioma, no al órgano; el órgano no sufre tanto mientras no pongas demasiado empeño en imitar el acento local). De repente, vuelves a tu país de vacaciones y te das cuenta de que mantener una conversación sin insertar aleatoriamente palabras como so, like, ok, I see, fine y otras lindezas no te resulta tan espontáneo como debería. Alguien te pisa en una bulla, y tú vas y le sueltas un meloso sorry; y cuando la persona en cuestión se gira y te mira, tú lees en sus ojos, claro como el agua, que lo que acabas de hacer, en tu país, es una gilipollez de proporciones monumentales. Un poco tarde, though.
Dicen que la lengua materna y las lenguas extranjeras se procesan en distintas áreas cerebrales, pero intuyo que quizá mi cerebro ha decidido hacerse un loft lingüístico. En mi última visita a España, tuve tantos patinazos que sólo me salvó de la hoguera la tolerancia sin límite de amigos y familiares (mantenida con una frecuencia de visitas no excesiva). “No importa que no sea perfecto”, decía yo al respecto de quién sabe qué, “está bien que haya espacio… er… hueco…” – y mi interlocutora me miraba levantando la ceja, expectante, sin ocultar su mejor media sonrisa maliciosa – “estooo… para…” – se sentía la presión, pero la suerte estaba echada, sin frenos y cuesta abajo – “…¿mejorar?” Y entonces unos segundos de silencio, su media sonrisa ya transformada en sonrisa completa, yo esperando ansiosa un milagro lingüístico que hiciese aquella improbable expresión posible. “Eso no funciona es español, ¿verdad?” aceptaba yo con un suspiro, antes de que la cosa fuera a mayores, derrotada. Mi interlocutora negaba, visiblemente divertida: “¿Ya estamos traduciendo literalmente otra vez?”. Y estábamos, vaya que si estábamos. Room for improvement es una expresión fantástica. Tan buena como “margen de mejora”, pensé aproximadamente unas veinticuatro horas después. Un poco tarde, though.
Es, en palabras de mi amiga Christine, the irony of an expat - increased understanding of foreign cultures, decreased ability to communicate with any of them (la paradoja del emigrante: mejor entendimiento de las culturas extranjeras, menor habilidad para comunicarse con cualquiera de ellas).
Sus majestades los Reyes Magos de Oriente han llegado con un pelín de retraso a Norwich y nos han dejado, los muy bromistas, una ola de frío que hace que el peor día del invierno pasado parezca un paraíso tropical. Y como ellos son muy detallistas, no se han olvidado del aspecto más vistoso de cualquier ola de frío que se precie: la nieve, of course.
La nieve, obviamente, no viene sola. En Norfolk, donde la nieve no se prodiga demasiado, cuando llega lo hace acompañada de una oleada de pseudo-pánico que se extiende como una ola expansiva. Y es que esta cosa blanca no tiene miramientos ni hace distinciones, y deja las carreteras, las aceras y los caminos hechos una piltrafa. Como consecuencia, los autobuses dejan de circular; los taxis se desbordan; los ciclistas se caen cómica y repetidamente; y, en general, la gente empieza a ofrecer su alma al diablo con tal de poder volver a casa desde el trabajo (al menos, lo que han podido llegar en primera instancia). Mira que los europeos del norte que tenemos por aquí dicen, despectivos, que con esta cantidad de nieve en su tierra ni sacarían la bufanda; pero que en esta zona nos genera entropía es un hecho innegable.
Personalmente, para mí y mi idiosincrasia mediterránea los diez centímetros de nieve que cubren las calles son diez centímetros de más. Todo está precioso, eso hay que admitirlo, y fuera hay una luminosidad que ya quisiera el sol estival (anoche descubrimos, como sureños acatetados, que el manto blanco éste permite la visión noctura; ¡al fin podemos afirmar que en nuestro jardín trasero hay lo mismo de noche que de día!). Pero resulta increíblemente poco práctico. Por eso, después de la novedad del primer rato, vuelvo a defender mi tesis de que la nieve donde mejor está es en una postal.
Para empezar, tengo la firme creencia de que, cuando en la calle hace más frío que dentro de tu nevera, hay algo que no va bien. Por otra parte, encontrarte por la mañana un montón de nieve en el lugar donde dejaste el coche, y tener que escarbar para cerciorarte de que éste sigue ahí, me genera ansiedad (¿qué pasa si un día no está?). Y, por supuesto, la consecuencia última y definitiva: el gran trastazo. Tengo que aclarar que aún no he terminado en el suelo, porque he sido capaz de salvar todos mis resbalones con más o menos gracia (un “¡ta-chán!” en el momento justo le da un toque de estilo a cualquier patinazo; combínalo con una palmada y una extensión de brazos y parecerá que llevas años ensayándolo). ¿Ha sido acaso por mi increíble habilidad, por mi sobresaliente equilibrio y mi excelsa capacidad atlética? Obviamente, no; ha sido porque no he andado mucho. Pero todo es cuestión de tiempo: no importa cuánto empeño ponga en tratar de evitarlo, porque terminará por ocurrir. Y como a mí no me gusta hacer las cosas a medias, no me conformaré con caerme vulgarmente de culo o torcerme un tobillo: lo daré todo y me partiré una pierna. En fin, al menos ¿eso me dará más tiempo para escribir? ¡Pues por supuesto que no! Me sentiré culpable e inútil, y dedicaré todas mis horas a trabajar con el ordenador para compensar. Al menos debería ahorrarme accidentes adicionales; suponiendo, eso sí, que para el momento en que la fractura suelde la nieve se haya derretido al fin. En cualquier caso, ya nos desgastaremos las meninges en buscarle un lado positivo al zambombazo cuando llegue el momento; mientras tanto, ahorremos energía, que nos hace falta para combatir el frío.